Relato Sucedió aquí

Sucedió aquí

No sabía lo que era el amor hasta que lo vi a él, amor a primera vista, esa clase de amor del que me había mofado toda mi vida. Me golpeó de forma contundente y demoledora en el mismo instante en que mis ojos se posaron sobre él. Me sentí la polilla más polilla del mundo, suicida, atraída por él como si él fuera la luz más intensa y fuerte que hubiera visto nunca.

De inmediato supe que si me acercaba demasiado podía quemarme, pero eso no detuvo mi escrutinio, mi mirada interesada, analizando sus gestos, sus facciones y aquellos poderosos ojos rasgados y oscuros, mientras mis pasos se ralentizaban inconscientemente, hasta detenerse por completo cuando nuestras miradas chocaron y la suya me hizo su cautiva.

Pudieron ser solo segundos pero el tiempo se detuvo y la magia crepitó entre nosotros. Me guiñó un ojo descarado y dejó de mirarme. Por alguna razón aquel gesto me ofendió, no me gustó que pudiera dejar de mirarme, mientras yo suspiraría durante días solo por aquel choque de miradas.

―¿Qué haces? ―preguntó mi hermana mirándome, para después mirar en su dirección y volver a mirarme a mí, con un gesto de incomprensión del que en otro momento me habría reído.

La cogí de la mano con demasiado brío y seguimos caminando en dirección a las escalerillas de las casas nuevas, donde estaban todos celebrando las fiestas.

Pasábamos los días danzando, por el Pilar Viejo, el Pilar Bombo, las escaleras de la sacristía, mitigando las horas más intensas de calor como podíamos, aprovechando al máximo las noches de verano, sin preocupaciones serias, risas, cotilleos, alguna gamberrada de vez en cuando… Los días se sucedieron, uno tras otro, pero para mí habían perdido el sentido, el calendario corría y yo no dejaba de pensar en él. Esperaba encontrármelo en cualquier esquina, que estuviera con mi grupo de amigos un día sin más pero ese momento no llegaba. Cada vez con más frecuencia pasaba por casa de la Carmencilla, donde lo vi aquella tarde, pero había desaparecido.

Me sentía ridícula y superficial, colada por alguien a quien no conocía, suspirando por una persona de quien ni siquiera sabía el nombre. No le hablé a nadie de él, por mucho que mi lengua temblara cada minuto, tampoco tenía mucho que contar, la verdad. ¿Qué iba a decir? Quienes me conocían creerían que había perdido la cabeza, ni siquiera yo me reconocía.

Había perdido toda esperanza de volver a verlo, cuando una tarde sin más, pasó frente a mí. Lo recuerdo como si hubiera ocurrido ayer, a pesar de los años que han transcurrido… Recuerdo cada mínimo detalle de nuestros instantes, ni siquiera pueden considerarse momentos pues fueron efímeros. Estaba en el Pilar Bombo, con mis amigos, comiendo una golosina mientras mi prima y yo nos burlábamos de mi hermana y sus desvaríos, no muy diferentes a los míos en aquellos días, pero los míos eran un secreto. Lo miré incrédula y juro que creí que estaba soñando, que mi obsesión había llegado a limites enfermizos, que no podía ser real. Su intensa mirada estaba sobre mí, no me importó que fuera consciente de cómo lo miraba, él me estaba mirando del mismo modo. Sus ojos me hablaban, pero no estaba segura de entenderlos. Rodeó el parque sin dejar de mirarme y yo le seguí con mi propia mirada. Ladeó la cabeza en un gesto que me invitaba a ir con él, después curvó levemente los labios en una sonrisa casi imperceptible y miró al frente siguiendo su camino, sin preocuparle si aceptaba su invitación.

―Ahora vengo ―les dije a mi prima y hermana, con quienes me reía hasta ese momento.

No esperé su repuesta, sin pensar en lo que estaba haciendo o cuales eran mis intenciones me puse en pie, sin dudarlo me dirigí directa a la calle Pilar Bombo y seguí sus pasos, observando como su espalda se ondulaba con sus gráciles andares, el modo casi imperceptiblemente de mirar hacia atrás, asegurándose de que seguía allí, siguiéndolo en silencio, sin pronunciar palabra.

Pasamos la residencia y seguimos caminando, dejando atrás a mis amigos, el pueblo y la gente. Al encuentro de los últimos rayos del día, allí donde el sol caía a plomo tiñendo el cielo de vivos colores ocres. Seguimos por el camino de la fuente en el mismo silencio sepulcral solo interrumpido por el sonido de nuestros pasos levantando el polvo hasta el Pilar Viejo. No había nadie, ni nada, todo estaba en completa calma, ni siquiera el viento se movía temeroso de romper aquel intenso silencio.

Rápido como un suspiro, como una mirada furtiva entre dos amantes, el día se marchó dando paso a la noche. La luna llena iluminaba el camino y las estrellas eran testigos mudos de lo estúpidamente enamorada que estaba de aquel chico. Por nadie habría accedido a ir a esa parte del pueblo de noche. Intuitiva como era, con lo vivido, sabía que aquel lugar era un sitio especial en el mundo, que algo raro pasaba allí. No por las historias que había escuchado de niña a mis abuelos y otros vecinos del pueblo sobre la abuela de los higos, no era eso, ese lugar tenía algo, siempre me creaba una aprensión e incomodidad difícil de expresar con palabras pero que podía sentir en cada poro de mi piel. Aquello se acrecentó hacia unos pocos años con lo que allí viví.

A medida que avanzábamos por el camino rodeado de olivos el frío y el miedo se extendía desde lo más profundo de mí hacia fuera, haciendo que mis manos temblaran ante esa incomodidad y malestar que se acrecentaba más y más con cada paso que dábamos.

De pronto sus pasos se detuvieron y paró en medio de aquella pequeña pendiente. No me puse junto a él, simplemente paré cuando lo hizo él y esperé con los nervios casi asfixiándome.

―¿Tienes frío? ―me preguntó de golpe exaltándome, sin ni siquiera moverse. Su voz era arrebatadora, como todo en él, volvió a hacerme sentir la polilla más estúpida del mundo.

Le observé preguntándome como sabía que tenía frío, que temblaba cuando seguía dándome la espalda, privándome del escrutinio al que mis ojos querían someter cada rasgo, gesto, incluso poro de su piel. Quería memorizar su imagen, tatuarla a fuego en mi mente hasta ser incapaz de olvidar cualquier detalle.

―Este sitio me pone nerviosa ―reconocí esperando que él se girara.

¿Yo mostrando mis debilidades? Nunca. Sin embargo, desde que lo había visto, sin ni siquiera hablarme me había cambiado y quería que me conociera, que me conociera de verdad.

―Lo sé ―respondió él para mi sorpresa.

―Seguro ―alcé las cejas, incrédula. No tenía ni idea, no me conocía, ¿cómo iba a saberlo?

Por fin se dio la vuelta, sentí que el corazón se paraba un segundo cuando nuestras miradas se encontraron y de algún modo se reconocieron, para después retumbar alocadamente dentro de mi pecho observando como sus pasos se aproximaban, hasta quedar parado frente a mí.

―Te he echado tanto de menos ―dijo en un lamento tan intenso que me heló la sangre, por la añoranza que había impresa en cada letra de aquella escueta y sentida frase. Rodeó mi cara, de una forma cálida y segura, ahuecó mi rostro como si sus manos lo hubieran hecho un millón de veces antes y conociera a la perfección cada curva. Su mirada volvió a hablarme, pero de nuevo no pude entenderla, solo pude reconocer tristeza y nostalgia ―. No puedes imaginar cuánto.

Sin soltarme observó mis labios, pude ver una llama encendiéndose dentro de su mirada de noche. Sin titubeos sus labios se aproximaron a los míos, ni siquiera me planteé detenerlo. Me besó, sus labios chocaron con los míos y me sentí más viva de lo que recordaba haberme sentido antes, cuando nuestras lenguas habidas del contacto y sabor de la del otro se enroscaron.

Mi vello se irguió cuando sus besos cayeron hasta mi cuello, dejando la humedad de sus apasionados labios sobre él. Me agarré a su cuello, mareada. Con desazón inhaló, como si necesitara mi olor. Había tanta intensidad en cada uno de sus actos que creí perder la cabeza.

―Estoy aquí porque debo hacerte una advertencia ―dejó de besarme y pegó su frente contra la mía mirándome sin distancia entre nosotros―. A veces eres demasiado impulsiva ―sentí una sonrisa en aquella afirmación tan cierta como extraña viniendo de un desconocido― y eso te ocasionará problemas en el futuro.

―No me conoces ―discutí sin saber de que hablaba o a que venía aquello.

―Te conozco mejor de lo que me conozco a mí mismo ―afirmó acariciándome las mejillas― Nos conocemos como nadie nos ha conocido antes, conozco cada recoveco de tu cuerpo, el significado de cada mirada ―sonrió de medio lado observando mis facciones―. No me crees.

―¿Qué te hace pensar eso? ―ironice, incrédula de sus afirmaciones.

―¿Si te lo demuestro harás lo que yo te diga? ―se puso serio, hasta sus ojos se oscurecieron.

―¿Cómo piensas hacerlo? ―me burlé, segura de que no creería lo que afirmaba.

―Nunca te ha gustado venir aquí de noche ―declaró clavando aquella mirada intensa sobre la mía. Arrugué el entrecejo mirándolo, preguntándome quien se lo había dicho ¿había estado preguntando por mí?―. Cuando eras niña ocurrió algo aquí, pero nunca has podido recordarlo, así que te convenciste que la animadversión que sentías al venir aquí de noche era producto de las historias que corrían por el pueblo sobre este lugar ―hizo una pausa esperando que contestara, pero la verdad es que me había dejado sin palabras, algo que quienes me conocían sabían que es prácticamente imposible―. No puedo creer que haya conseguido callarte ―se burló como si leyera mi pensamiento―. Hace casi tres años ―siguió hablando poniéndose serio, con aquella rasgada y a la vez aterciopelada voz, que me estaba cautivando por completo. Sentí que él era una serpiente, hipnotizándome poco a poco, cautivándome con sus palabras, como en un ritual de caza en el que me gustara o no había caído por completo ya que me tenía totalmente a su merced―, en tu quince cumpleaños tus amigos te retaron a venir sola a este lugar a medianoche ―siguió hablando―, habían escondido aquí tu regalo de cumpleaños. La noche no era muy diferente a esta ―por un instante dejó de mirarme y observó el cielo, sentí que mi fuerza flaqueaba, no podía creer que supiera lo que estaba a punto de decir―, algo se movió por allí detrás―señaló una estructura de madera―. Creíste que te estaban gastando una broma, así que ignoraste tu instinto, las alarmas que te advertían que no siguieras, rodeaste el edificio y te encontrarte de frente con algo que no estaba vivo, aunque tampoco muerto.

―¿Quién te ha contado eso? ―sentí temblar mi voz. Tenía miedo, aunque extrañamente no era él quien lo producía, a pesar de saber algo que nunca le había contado a nadie.

―Tú ―contestó tan escueto como contundente. Negué con la cabeza firmemente―. Sé que no se lo has contado a nadie ―seguía sintiéndome mareada―, pero algún día me lo contaras a mí ―inesperadamente me acercó a él y me besó la frente―. No actúes sin pensar y no tendrás nada que lamentar ―me froté los ojos, en aquel momento no lo entendí―. Prométeme que me harás caso ―esperó una respuesta, pero yo me sentía en trance― Prométemelo ―me zarandeó con dulzura, intentando sacarme de mi estupor.

―Te lo prometo ―respondí sinceramente.

Afirmó y me dedicó una encantadora sonrisa, besó mis labios de nuevo y los míos respondieron de forma natural e instintiva.

―Ojalá tuviera más tiempo ahora, pero todavía no es nuestro momento, te encontraré ―prometió.

Me besó una vez más, deleitándose más en aquel último beso en el que sentía que me perdía y a la vez me hacía sentir que sus labios y brazos eran mi lugar.

Se alejó de mí y aunque sentí el impulso de ir tras él, no lo hice, cumplí mi promesa y me quedé donde él me había dejado, observándolo alejarse hasta que desapareció. Espere que llegara ese momento que me había prometido, segura de que algún día volveríamos a encontrarnos y no habría más despedidas.

―¿Y que pasó después? ―pregunta ella con ansiedad.

Pestañeo volviendo al presente, centrando mi mirada en sus grandes ojos caramelo y niego.

―Se marchó ―contesto revolviéndome con el corazón encogido.

Hablar de esto en voz alta me ha afectado más de lo que creía. Nunca se lo había contado a nadie, ni siquiera a mi familia, pero ella me da esa confianza. Nunca he conectado con nadie como lo he hecho con ella, puede que sea por lo extraña que es, por su forma de abrirse sin reparos, no sé que tiene, pero en muy poco tiempo se ha convertido en alguien muy importante.

―¿Y no fuiste detrás de él? ―pregunta molesta, impulsiva como yo solía serlo.

―No ―respondo―, eso hubiese supuesto romper mi promesa ―le aclaro―.  Él dijo que me encontraría y como si de verdad le conociera, confío en su palabra. Desde entonces intento no ser tan impulsiva… Medité hacia donde quería dirigir mi vida y aquí estoy ―sonrío con tristeza―, extrañando a mi gente, mi pueblo, mis costumbres, pero siendo fiel a mí misma.

―Me alegro ―contesta sinceramente, lo sé por el brillo de su mirada―. Sino no nos conoceríamos. Algún día tienes que llevarme ―la miro interrogativa―. A Cazalilla ―aclara.

―Cuando quieras vamos, pero no pienso llevarte a ese lugar de noche ―le advierto.

―Ya veremos ―sonríe, porque es una consentida y siempre se sale con la suya.

―Ya te digo yo que ni lo sueñes, Aina.

 

Gina Peral

 

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